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Era un vez
un cerdito
caminando
por la
calle, con
una florcita
en la mano.
Andaba
tranquilamente
y distraído.
Cruzó la
calle,
siguió
andando
hasta que
entró en un
restaurante.
Atravesó las
mesas, el
balcón y
llegó a la
cocina.
Abrió la
puerta del
horno y, con
lágrimas en
los ojos,
dijo:
"¡Feliz día
Mamita!" |