Cuento: El patito
feo.
Autor: Hans Christian
Andersen
Era una hermosa tarde a
fines del verano. Mamá
pata había hecho su nido
en la orilla del arroyo.
-Estos patitos tardan
mucho en romper el
cascarón -dijo, dando un
suspiro.
Mamá pata estaba sola
empollando sus huevos.
Los demás patos se
hallaban demasiado
ocupados nadando y no
venían a conversar con
ella. Por fin, los
patitos empezaron a
golpear el cascarón con
el pico hasta que
lograron romperlo y
pudieron salir. Uno a
uno, se aventuraron a
dar sus primeros pasos
por el nido. Después de
unos cuantos tropezones,
se sacudieron y
observaron. Los patitos
estaban maravillados.
-¡Qué grande es el
mundo! -decían, y en
efecto así parecía
después de haber estado
metidos en un huevo.
-El mundo es mucho más
grande -explicó mamá
pata-. ¿Ya salieron
todos? ¡Ay, no! Todavía
falta aquel huevo
grande. Una vieja pata
se acercó a mirar.
-Ese debe ser un huevo
de pavo -dijo-. A mí me
ocurrió eso mismo una
vez. ¡No te imaginas mi
preocupación! El
chiquillo no se acercaba
al agua por más que yo
trataba de obligarlo. Mi
consejo es que dejes ese
huevo quieto y no le
prestes atención
-concluyó la vieja pata.
"No importa", pensó mamá
pata. "Voy a empollarlo
un rato más".
Al poco tiempo, mamá
pata escuchó un "toc,
toc". Era el nuevo bebé
que sacaba la cabeza del
cascarón.
"Éste no es un pavo",
pensó mamá pata al verlo
caminar. "Pero es tan
grande y feo… Bueno,
haré lo mejor que
pueda".
Al día siguiente, mamá
pata los llevó a todos a
nadar. El primer patito
se lanzó al agua. ¡Plash!
Luego, uno a uno se
fueron zambullendo en el
estanque, incluido el
patito feo, y segundos
después, todos se
deslizaban suavemente en
el agua.
Luego, mamá pata llevó a
la familia al corral de
las aves.
-Háganle la venia a la
gran pata mayor -dijo
mamá pata-. La cinta que
lleva alrededor de la
pata le confiere
distinción y
honorabilidad.
Los patitos hicieron la
venia con gran respeto.
Luego, el pavo se acercó
a mirarlos.
-¡Nunca había visto un
patito tan grande y feo!
-graznó.
Ahí comenzaron los
problemas del patito
feo. Todos lo trataban
mal porque no era como
los demás. Los otros
patitos lo golpeaban y
las gallinas lo
picoteaban. El pobre
patito feo se sentía muy
triste. A medida que
pasaba el tiempo, las
cosas empeoraban. Nadie
lo quería porque era
diferente.
Llegó un día en que el
patito feo ya no aguantó
más y huyó del corral.
Corrió tan rápido como
se lo permitían sus
patas, hasta que se
internó en el bosque.
Como no sabía dónde
estaba, decidió seguir
corriendo sin parar. Por
fin, llegó hasta un gran
pantano en donde vivían
unos patos salvajes.
Allí se quedó, escondido
bajo un matorral. Se
sentía agotado y muy
solo. A la mañana
siguiente, los patos
salvajes se acercaron a
mirar al recién llegado.
-Hola -dijeron-. ¿Quién
eres?
-Soy un pato de granja
-respondió el patito
feo, notando que los
patos salvajes tenían un
aspecto muy diferente a
los patos del corral.
-¿Un pato? -exclamaron-.
¡Jamás habíamos visto un
pato tan torpe como tú!
Pero puedes quedarte
aquí, si quieres. Hay
espacio para todos. El
patito feo estaba feliz
de poder quedarse en el
pantano, lejos de los
crueles animales de la
granja. El clima empezó
a enfriar y las hojas de
los árboles comenzaron a
ponerse rojas y
amarillas. Había llegado
el otoño. Un día, el
patito feo estaba
buscando algo de comer
entre los juncos, cuando
dos jóvenes gansos se
posaron junto a él.
-¡Hola, amigo!
-saludaron-. ¿Quieres
venir con nosotros?
Vamos a otro pantano,
donde hay otros gansos
como nosotros.
Diciendo esto, alzaron
el vuelo. Al patito feo
le gustó la idea. Sin
embargo, no había
alcanzado a moverse
cuando escuchó unos
disparos. Aterrado, vio
que los gansos caían al
pantano. Un perro enorme
corría a sacarlos. Se
oían disparos de
escopeta por todas
partes. Otro perro llegó
saltando por entre los
juncos y por poco le
pasa por encima al
patito feo. El perro lo
miró un instante y luego
se fue.
-¡Qué suerte! -exclamó
el patito feo,
jadeante-. Soy tan feo
que ni siquiera los
perros me quieren. El
patito feo pasó todo el
día escondido entre los
juncos. Finalmente,
cuando el sol se ocultó,
los perros se fueron y
ya no hubo más disparos.
Entonces, salió del agua
y corrió por el bosque.
Ya era de noche y el
viento soplaba con
fuerza. De repente, el
patito feo se encontró
frente a una casa que
parecía abandonada. Una
tenue luz se vislumbraba
a través de la
desbaratada puerta.
"Debo resguardarme de
este viento", pensó el
patito feo. Entonces se
metió por una rendija de
la puerta y buscó un
rincón para pasar la
noche. En la casa vivía
una anciana con un gato
y una gallina.
-¿Y quién es éste?
-preguntó la anciana al
día siguiente, al ver al
patito feo. Él le
explicó todo lo que
había sucedido.
-Si ronroneas y pones
huevos, te puedes quedar
-dijo la anciana.
Por supuesto, el pobre
patito feo no podía
hacer ninguna de estas
dos cosas. Se quedó
triste y pensativo en un
rincón, recordando cuán
feliz había sido en el
pantano. Al fin, el
patito feo le dijo a la
gallina:
-Quiero conocer el
mundo.
-¡Estás loco! -comentó
la gallina-. Pero no te
voy a detener.
El patito feo logró
llegar a un gran
estanque. Allí pasaba
los días nadando bajo el
sol. En cierta ocasión,
pasaron volando unas
aves de cuello muy
largo. Era la primera
vez que el patito feo
veía aves tan hermosas.
"Me encantaría ser su
amigo", pensó.
Los vientos helados del
invierno comenzaron a
soplar. En poco tiempo,
el agua del estanque
empezó a congelarse. Era
imposible soportar tanto
frío.
Por fortuna, un
campesino que pasaba por
allí salvó al patito de
morir congelado y se lo
llevó a su casa, que
estaba calientita.
Lamentablemente, los
hijos del campesino no
lo dejaban en paz. Se la
pasaban correteándolo
por todas partes. En la
primera oportunidad que
tuvo, el patito feo se
escapó.
De alguna manera, el
patito feo logró
sobrevivir en el
invierno. Una buena
mañana, extendió las
alas para sentir mejor
el calor del sol. Casi
sin darse cuenta, empezó
a volar y llegó hasta un
jardín con un gran
estanque en medio. Tres
hermosas aves blancas
flotaban con elegancia
en el agua. Eran cisnes,
pero él no lo sabía.
"Voy a hablarles" se
dijo. "Quizás me
rechacen por ser tan
feo, pero prefiero eso a
que me picoteen las
gallinas".
Se deslizó lentamente
hacia donde estaban los
cisnes e inclinó la
cabeza. ¡Sorprendido,
vio en el agua el
reflejo de otro cisne
hermoso!
-¡Mira, hay otro cisne!
-dijeron unos niños que
observaban el estanque
desde la orilla-. ¡Es el
más lindo de todos!
Al patito feo, que no
era un pato sino un
cisne, se le llenó el
corazón de inmensa
felicidad. ¡Al fin había
encontrado su hogar!