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Adolfo
de Jesús
Constanzo,
"El
Narcosatánico
de
Matamoros"
Adolfo
de Jesús
Constanzo
González
nació el
1 de
noviembre
de 1962
en
Miami,
Florida
(Estados
Unidos).
Era hijo
de una
pareja
de
cubanos
que
acababan
de huir
de la
revolución
castrista.
Fue
creciendo
y
adquiriendo
hábitos
poco
habituales
en un
niño:
era
excepcionalmente
serio,
muy
limpio y
extraordinariamente
meticuloso.
Su
madre,
Delia
González
del
Valle,
era una
sacerdotisa
del
culto
afro
americano
“Palo
Mayombe”,
al igual
que su
abuela
lo había
sido en
Cuba y
entrenó
a su
hijo
para
transformarlo
en el
poderoso
mago que
ella
creía
que era.
En 1983,
a los
veintiún
años, él
y su
madre se
mudaron
a la
Ciudad
de
México,
donde le
habían
ofrecido
un
trabajo
de
modelo.
Allí
hizo
muchos
amigos y
realizó
contactos,
especialmente
entre el
submundo
homosexual
de la
ciudad.
Entretanto,
su fama
como
sacerdote
de
Santería,
curandero
y
profeta
fue
creciendo.
La clase
alta
mexicana,
los
artistas
e
intelectuales,
y sobre
todo los
políticos
y
narcotraficantes,
empezaron
a
recurrir
a sus
poderes
para
asegurar
la buena
suerte
en sus
negocios.
Sus
ingresos
se
multiplicaron
e
incluso
la
policía
lo
consultaba.
Constanzo
recorrió
el
camino
del Palo
Mayombe
hasta el
final,
practicando
los
sacrificios
humanos,
la
antropofagia
y la
tortura.
Los
seguidores
de
Constanzo,
a quien
conocían
como “El
Padrino”,
se
entregaban
a él en
cuerpo y
alma
porque
el
cubano
los
embelesaba
con
promesas
de
riqueza
y
enormes
ganancias,
todo
ello
aliñado
con una
forma de
actuar
violenta
y
vengativa.
Sara
María
Aldrete
Villareal
Nació el
6 de
septiembre
de 1968
en
Matamoros,
Tamaulipas
(México),
donde
creció.
Se casó
a los
dieciocho
años y
se
divorció
a los
veinte.
En 1985
se
matriculó
en el
Texas
Southmost
College
para
cursar
un
peritaje
de dos
años en
educación
física.
Era
alta,
atlética,
de casi
1.80 de
estatura,
y
llamaban
la
atención
sus
grandes
ojos. El
Southmost
College
se
encuentra
en
Brownsville,
al otro
lado del
puente
que
separa
Matamoros
de
Estados
Unidos.
Allá,
Sara se
relacionó
con un
narcotraficante
llamado
Gilberto
Sosa,
con
quien
mantuvo
una
relación
amorosa.
Cada fin
de
semana
Sara
Aldrete
volvía a
México,
a casa,
donde a
finales
de 1986
conoció
a
Constanzo.
Tras un
corto
tiempo
Sara se
convirtió
en
amante
de
Constanzo
y este
le
ordeno
que
empleara
sus
encantos
para
seducir
al
narcotraficante
“El
Pequeño
Elio”.
No pasó
mucho
tiempo
hasta
que “El
Pequeño
Elio”
estuvo
convencido
de que
lo que
necesitaba
para
evitar
la
disgregación
de la
Familia
eran los
servicios
de un
poderoso
brujo.
Era la
oportunidad
que
Constanzo
había
estado
esperando.
Constanzo
desayunó
con Elio
en un
restaurante
Vips de
la
Ciudad
de
México,
donde le
dijo que
podía
iniciarle
en los
rituales
secretos,
que era
un
verdadero
superdotado
para el
sacerdocio
de la
Santería
y lo
bautizó
haciéndole
incisiones
en los
hombros,
en la
espalda
y en el
pecho;
después
lo
“rayó”
para
iniciarlo
en el
Palo
Mayombe.
Sara,
Constanzo
y Elio
se
transformaron
en la
infernal
trinidad
que
dirigiría
la
banda.
No
obstante,
los
únicos
autorizados
a
realizar
asesinatos
rituales
eran
Elio y
Constanzo.
El
precio
de
Constanzo
por
restaurar
los
menguados
poderes
y
negocios
de la
familia
consistió
en la
mitad de
las
ganancias.
Elio,
mezclado
en los
sacrificios
humanos
del
palero,
aceptó.
La
familia
se
separó
de los
negocios
de
Texas.
Perdió
ese
mercado
y la
infraestructura
de
distribución
de
droga,
pero
Constanzo
le
presentó
a Elio a
sus
propios
contactos
mexicanos.
Siguieron
más y
más
sacrificios.
Muchas
de las
víctimas
procedían
del
mundo
homosexual
frecuentado
por el
brujo.
Dos de
los
favoritos
de
Constanzo
solían
atraer
con
engaños
a
homosexuales
a los
rituales:
Omar
Orea
Ochoa
“La Dama
de
Constanzo”
y Martín
Quintana
Rodríguez,
“El
Hombre
de
Constanzo”.
En marzo
de 1988
ocurrió
el
primer
caso
sonado
relacionado
con
Constanzo
, un
travesti
llamado
Ramón
Paz
Esquivel,
que se
hacía
llamar
“Claudia
Ivette
Bojour”
o “La
Claudia”,
fue
arrestado
por la
policía.
Era
vendedor
de
antigüedades
en la
Zona
Rosa de
la
Ciudad
de
México y
entre
sus
clientes
se
contaba
la
actriz y
cantante
mexicana
Irma
Serrano
“La
Tigresa”;
incluso
trabajaba
para
ella. Su
detención
se debió
a que
vendía
objetos
robados.
El
17
de julio
de 1988,
“La
Claudia”
y
Constanzo
se
pelearon,
el
travesti
quiso
romperle
una
botella
en la
cabeza
a
Constanzo
y esa
fue su
perdición:
Martín
Quintana,
“El
Hombre
de
Constanzo”,
llevó a
“La
Claudia”
a un
departamento
en la
calle de
Londres
No. 31
de
colonia
Juárez;
él le
rentaba
un
cuarto
de
servicio
a “La
Claudia”.
En la
tina del
baño del
departamento,
Martín
Quintana
asesinó
a “La
Claudia”
y luego
se
dedicó a
destazarlo.
Colocó
los
restos
en tres
bolsas
de
plástico
negras y
lo tiró
a la
basura
en un
terreno
baldío,
donde la
policía
los
encontró
días
después.
Poco
tiempo
después,
Constanzo
se vio
envuelto
en una
operación
de
tráfico
de
drogas
que
salió
mal. Él
y los
demás
escaparon
apenas
de una
trampa
policial
en
Houston
(Texas),
dejando
abandonado
un
valioso
cargamento
por
valor de
veinte
millones
de
dólares
y un
altar
con
velas y
hierbas
aromáticas
que
encontró
la
policía
estadounidense.
Este
fracaso
socavó
seriamente
la
autoridad
del
brujo.
Para
rehacer
su
imagen
participó
en
varios
ajustes
de
cuentas.
Un ex
policía
de
Matamoros,
César
Sauceda,
estaba
poniendo
en
peligro
los
negocios
de la
Familia
al
revelar
a bandas
rivales
cómo los
Hernández
les
engañaban.
Mientras
tanto,
Constanzo
había
convencido
a Elio
de que
le
dejara
usar una
barraca
del
rancho
Santa
Elena en
Matamoros
(México)
para sus
rituales.
Era un
buen
sitio
donde
guardar
los
necesarios
artilugios,
incluyendo
la
nganga y
su
contenido.
Sauceda
fue
raptado
y
conducido
al
rancho,
pero
Elio
perdió
su
sangre
fría y
lo mató
con una
ráfaga
de
ametralladora,
en vez
de
sacrificarlo
según
las
normas
del rito
del Palo
Mayombe.
El
martes
15 de
marzo de
1989, el
joven
estudiante
Mark J.
Kilroy
junto
con tres
de sus
amigos
de Santa
Fe,
Bradley
Moore,
Bill
Huddleston
y Brent
Martin
se
encontraban
contentos
tras las
infinitas
rondas
de copas
de los
típicos
días de
asueto
de
primavera,
decidieron
dar por
terminada
la
fiesta y
unieron
a la
tambaleante
procesión
de
muchachos
que se
dirigía
hacia el
puente
que
marca la
frontera
entre
México y
Estados
Unidos.
Bill
Huddleston,
el mejor
amigo de
Mark,
tuvo que
pararse
en un
oscuro
callejón
para
orinar.
Al
volver,
vio a
Mark
caminando
en medio
del
gentío.
Parecía
estar
hablando
con un
joven
mexicano;
era
Sergio
Martínez
Salinas,
un
miembro
del
grupo de
Constanzo.
Bradley
Moore y
Brent
Martin
caminaban
adelante
en
dirección
al
puente y
Bill fue
hacia
ellos. A
partir
de ese
momento
la
fiesta
se
transformó
en una
pesadilla.
Sergio
Martínez
debido a
al
alcohol
y
cansancio
de Mark
lo llevo
hasta
una
camioneta
donde
junto
con otro
hombre
lo
metieron
al
vehiculo
y este
desapareció
de la
bulliciosa
calle.
Mark se
dio
cuenta
de que
corría
peligro.
El
conductor
se
detuvo
en un
callejón
para
orinar y
Mark
aprovechó
el
momento;
se zafó
de sus
dos
guardianes,
saltó de
la
camioneta
y echó a
correr.
Pero no
se había
fijado
en que
otra
camioneta
Chevrolet
los
seguía.
Dos
tipos se
bajaron
y
volvieron
a
atraparle.
Las dos
camionetas
recorrieron
kilómetros
a través
del
campo
hasta
detenerse
frente a
un grupo
de
endebles
barracas
en una
granja.
Mark
Kilroy
fue
obligado
a
permanecer
sentado
en una
vieja
hamaca.
Llegaron
más
hombres;
algunos
llevaban
armas
automáticas.
Pasaron
las
horas
lentamente,
y al
alba, un
anciano
le dio
un poco
de agua
y una
sartén
con unos
huevos
revueltos.
Los
mexicanos
le
dijeron
que no
se
preocupara,
que no
le iba a
pasar
nada.
Kilroy
se pasó
un buen
rato
rezando.
Poco
después
le
condujeron
a una
construcción
de
madera,
y una
vez
dentro
lo
ataron
de pies
y manos.
Un olor
a
podrido
enrarecía
el
ambiente.
Nubes de
ruidosas
moscas
se
agolpaban
sobre
algo que
había en
el fondo
oscuro
de la
barraca.
Los
guardias
lo
obligaron
a
arrodillarse
y lo
amordazaron
con
cinta
adhesiva
pegada a
los
labios.
Alguien
dio una
orden,
así que
volvieron
a
arrastrarlo
al
exterior
y lo
colocaron
sobre
una lona
alquitranada
extendida
en el
suelo.
Detrás
de él,
alguien
levantó
un
machete
y le
propinó
un golpe
seco en
la nuca.
Mark
Kilroy
murió al
instante.
Tras
asesinarlo,
le
extrajeron
el
cerebro
y lo
pusieron
a hervir
en la
nganga,
en la
propia
sangre
del
chico.
Le
quitaron
además
la
columna
vertebral,
con la
cual
fabricaron
amuletos
y
collares
para
protección.
Le
amputaron
las
piernas,
le
quitaron
la carne
y la
devoraron.
Con un
fragmento
de la
columna
vertebral
de
Kilroy,
Constanzo
se
fabricó
un
alfiler
de
corbata
que en
adelante
utilizó.
Los
huesos
del
joven
fueron
colocados
en
cubetas
vacías.
El
terrorífico
descubrimiento
La
noche
del 5 de
abril,
en un
control
de
carretera
montado
por el
Ejército
Mexicano
y la
Policía
Judicial
Federal,
las
autoridades
hicieron
la
parada a
David
Serna
Valdez,
un
homosexual
apodado
“El
Coqueta”
quien se
dio a la
fuga y
fue
perseguido
hasta el
rancho
Santa
Elena.
Allí
consiguieron
arrestar
a Valdez
y
descubrieron
una
pequeña
cantidad
de
marihuana
y
cocaína,
un
mediano
arsenal
de
pistolas,
así como
once
vehículos
recién
salidos
de
fábrica
equipados
con los
más
modernos
teléfonos
inalámbricos
y
sistemas
de
radio.
“El
Coqueta”
Valdez
rebosaba
literalmente
de
seguridad
en sí
mismo.
Alardeaba
de que
las
armas de
la
policía
no
podían
hacerle
ningún
daño.
Sin
embargo,
los
agentes
realizaron
otra
detención
en aquel
mismo
lugar
por pura
casualidad:
un
anciano
que
cuidaba
el
rancho.
Le
mostraron
rutinariamente
una
fotografía
de Mark
Kilroy y
el
hombre
reconoció
inmediatamente
al
muchacho,
a quien
él mismo
le había
preparado
una
comida
hacía
más o
menos un
mes.
A través
de los
números
de serie
de los
teléfonos
de los
coches,
los
agentes
obtuvieron
una
lista de
nombres
y
direcciones
de lo
que
parecía
ser una
nutrida
banda de
delincuentes.
En menos
de dos
días, la
policía
tenía
bajo
custodia
a Sergio
Martínez,
apodado
“La
Mariposa”;
a
Serafín
Hernández
Junior y
a Elio
Hernández
“El
Pequeño
Elio”.
Se les
sometió
a un
intenso
y
violento
interrogatorio.
Pero al
final,
los
bandidos
realizaron
declaraciones
coincidentes.
Todos
hablaron
de un
líder
llamado
Adolfo
de Jesús
Constanzo
“El
Padrino”,
a quien
describían
como “un
brujo
cubano”
que les
había
iniciado
en una
serie de
espeluznantes
sacrificios
humanos,
prometiéndoles
inmunidad
ante la
policía,
incluso
ante las
balas de
sus
revólveres.
Tal como
dijera
Valdez,
todos
consideraban
que sus
almas
habían
muerto
tras la
detención.
También
desvelaron
que el
brujo
tenía
una
cómplice
femenina,
apodada
“La
Madrina”
o “La
Bruja”,
una
muchacha
mexicana,
alta y
bonita,
con
educación
universitaria,
que
solía
iniciar
las
sesiones
de
tortura
de las
víctimas.
Proporcionaron
además
el
nombre
de
aquellos
dos
personajes:
Adolfo
de Jesús
Constanzo
y Sara
Aldrete.
Según su
testimonio,
era Sara
la que
ejecutaba
personalmente
a las
víctimas.
Los
colgaban
de una
soga, de
manera
que
pudieran
agarrarse
con las
manos,
luchando
para
sobrevivir.
Mientras
se
afanaban
por
respirar,
bajaban
la soga
hasta un
caldero
con agua
hirviendo,
y por el
camino,
supuestamente
Sara les
cortaba
el pene
y las
tetillas
con unas
tijeras.
Después
los
cocían
vivos, a
fuego
lento.
La
agonía
duraba
varias
horas.
En
alguna
ocasión,
alguno
de ellos
le abría
el pecho
con un
gran
cuchillo
y
todavía
vivo, le
arrancaba
parte
del
corazón
de un
mordisco,
mientras
la
víctima,
todavía
consciente
y
observando
todo,
gritaba
de
dolor.
El
martes
11 de
abril,
un
equipo
de la
Policía
Judicial
Federal
se
desplazó
al
rancho
Santa
Elena
junto
con los
miembros
arrestados
de la
banda.
Abrieron
la
puerta
de la
maloliente
barraca
y
encontraron
todos
los
objetos
normalmente
empleados
en
rituales
de magia
negra.
En una
de las
paredes
se
apoyaba
un altar
improvisado,
engalanado
con
ristras
de ajos
y chiles
verdes.
Pequeñas
cazuelas
con
objetos
rituales,
abalorios,
monedas,
cabezas
y
cuellos
de
pollos y
cabras
sacrificadas.
Una de
las
cabezas
de cabra
estaba
atravesada
por un
pequeño
tridente.
El
mugriento
suelo
estaba
salpicado
de
colillas
de
cigarrillo,
botellas
vacías
de
aguardiente
de caña
y
envoltorios
de
caramelos.
La
ignorante
policía
mexicana
pensó en
un grupo
de
“adoradores
del
diablo”,
así que
declararon
a los
periodistas
que se
trataba
de
narcotraficantes
que
practicaban
el
satanismo.
Ni
siquiera
tenían
idea de
lo que
era la
Santería.
Los
periódicos
bautizaron
de
inmediato
a los
criminales
como
“Los
Narcosatánicos”,
aunque
no
tuvieran
relación
alguna
con
estas
sectas.
En el
centro
de la
barraca
encontraron
la
nganga
de
Constanzo,
el gran
caldero
de
hierro
de unos
setenta
y cinco
centímetros
de
diámetro.
Su
contenido
explicaba
la peste
y la
gran
cantidad
de
moscas.
El
caldero
contenía
varios
palos
para
remover
la
mezcla y
una
especie
de sopa
espesa a
base de
sangre
semicoagulada
cocida
con
trozos
de
cerebro
humano,
pedazos
de
tortuga,
una
cabeza
de
cabra,
segmentos
de
espina
dorsal
humana,
huesos,
vísceras
de
animales
y una
herradura.
Estaba
claro
que allí
había
tenido
lugar
más de
un
asesinato.
Los
miembros
de la
banda,
enormemente
excitados,
fueron
señalando
las
tumbas
de las
víctimas.
Trece
muertos
en nueve
fosas.
Uno de
los
cuerpos
pertenecía
a
Gilberto
Sosa, el
traficante
con el
cual
Sara
Aldrete
había
estado
relacionada
en
Estados
Unidos
antes de
conocer
a
Constanzo;
según
los
testimonios
de sus
acusadores,
ella
misma
había
participado
en su
tortura
y
ejecución.
Luego,
la
policía
localizó
el
cadáver
de Mark
Kilroy a
un metro
de
profundidad.
Lo
desenterraron
con la
ayuda de
una
excavadora.
El
cuerpo
estaba
salvajemente
mutilado,
como el
de los
demás
sacrificados.
Había
separado
la
cabeza
del
tronco
para
poder
extraer
más
fácilmente
el
cerebro,
faltaban
las
articulaciones
de los
dedos,
los
genitales
y se le
había
extirpado
la
columna
vertebral.
Los
otros
cuerpos
mostraban,
asimismo,
señales
de haber
sido
desollados.
La
policía
volvió
con
Sergio
Martínez
para
desenterrar
el
décimo
tercer
cadáver
en
presencia
de las
cámaras
de
televisión
y los
reporteros
de
prensa.
Tras una
hora de
excavación
bajo el
sol del
desierto,
apareció
el
cuerpo
de un
muchachito
de
catorce
años, al
que le
habían
abierto
el pecho
doblando
hacia
fuera el
costillar;
también
le
faltaba
el
corazón.
Los
detenidos
siguieron
dando
detalles
de sus
actividades.
La
policía
dedujo
que el
cerebro
de la
banda
tenía
que ser
Constanzo.
Pero
este
nombre
causó
una gran
preocupación,
ya que
se
trataba
de un
sujeto
con
influencias.
Conocía
a gente
importante,
incluso
a jefes
de
policía
y
personalidades
del
Gobierno.
Los
federales
también
seguían
la pista
de su
sacerdotisa,
Sara
Aldrete.
Los
federales
registraron
la casa
de Sara
mientras
desenterraban
los
últimos
cadáveres
en el
rancho.
Su padre
los
condujo
hasta el
departamento,
donde lo
primero
con lo
que se
toparon
en el
cuarto
de estar
fue con
un altar
manchado
de
sangre.
Estaba
rodeado
de velas
dedicadas
a Changó
y Santa
Bárbara,
y en una
esquina
del
salón la
policía
halló
ropa de
niño
empapada
en
sangre.
Por
la tarde
del
mismo
día en
que “La
Mariposa”
había
desenterrado
el
décimo
tercer
cadáver
frente a
las
cámaras
de
televisión,
el
comandante
de la
Judicial
federal,
Benítez
Ayala,
fue al
rancho
acompañado
de su
propio
curandero.
Los
miembros
de la
banda
insistían
en que
había
más
cuerpos
enterrados,
pero
Ayala,
que
solía
tener
amuletos
de la
Santería
en su
mesa de
despacho,
puso fin
a las
excavaciones
y a la
búsqueda
de
muertos.
El
curandero
roció la
barraca
con agua
y
pronunció
sus
sortilegios.
Uno de
los
agentes
vio a
una
paloma
blanca
encerrada
en una
caja de
cartón.
Echó
gasolina
alrededor
y le
prendió
fuego.
Mientras
desaparecía
engullida
por una
nube de
humo
negro y
feroces
llamas,
sostuvo
en alto
la
paloma,
viva y
aleteando.
Constanzo
y Sara
Aldrete
no
perdieron
el
tiempo;
tenían
que
alejarse
como
fuera.
Se
reunieron
en
Brownsville
y
volaron
hasta
Ciudad
de
México.
Por el
camino
recogieron
a otros
miembros
de la
banda.
Los
federales
localizaron
las
agendas
de
Constanzo
en su
departamento.
Contenían
nombres
y
fotografías
de
personalidades
muy
importantes,
la
mayoría
de los
cuáles
no se
podían
hacer
públicos.
Algunos
de ellos
eran de
artistas
prominentes
como
Irma
Serrano
“La
Tigresa”,
el
estilista
Alfredo
Palacios,
los
cantantes
Juan
Gabriel,
Yuri y
Óscar
Athié y
la
actriz
Lucía
Méndez.
Algunos
involucraron
además a
prominentes
políticos
de Nuevo
León,
Tamaulipas,
Veracruz,
Oaxaca y
la
Ciudad
de
México;
otros
clientes
eran
Salvador
Vidal
García
Alarcón,
agente
federal;
Fausto
Valverde
Salinas,
director
de la
División
Antinarcóticos
de la
Procuraduría
General
de la
República;
Guillermo
González
Calderoni,
comandante
de la
Policía
Judicial
Federal;
y Carlos
Armendáriz
Guevara.
Según
los
rumores,
la red
de
corrupción
de
Constanzo
llegaba
hasta la
Presidencia
de la
República.
Se
estableció
una
especie
de
carrera
entre
diferentes
cuerpos
policiales
para
capturar
al
cubano.
Un
montón
de gente
influyente
tenía
buenas
razones
para que
el brujo
desapareciese
cuanto
antes.
El
grupo
siguió
huyendo
durante
tres
semanas
mientras
Constanzo
se la
pasaba
monitoreando
los
periódicos
y los
noticieros
de
televisión,
donde su
fotografía
y la de
Sara
Aldrete
se
reproducían
interminablemente;
el
asunto
ya era
un
escándalo
internacional
y las
autoridades
de
Estados
Unidos
exigían
su
captura.
Finalmente,
Constanzo
y su
comitiva
se
escondieron
en un
departamento
del
numero
19 de la
calle
Río Sena
en la
colonia
Roma de
la
ciudad
de
México y
el 6 de
mayo de
1989
poco
antes
del
mediodía,
uno de
los
vigías
apostados
por el
“Padrino”
detectó
a unos
policías
vestidos
de civil
en
coches
privados.
Constanzo
se asomó
a la
ventana
para
confirmarlo.
Un grupo
de
agentes
fuertemente
armados
se
disponían
a tomar
posiciones.
Viéndose
perdida,
Sara
Aldrete
se
encerró
en un
cuarto y
rompió
la
ventana
a
patadas:
su
intención
era
fingir
que
estaba
secuestrada
por
Constanzo
y su
grupo.
Arrojó
por la
ventana
un papel
donde
había
escrito:
"Por
favor,
llamen a
la
policía
judicial
y
díganles
que en
este
edificio
están
los que
buscan.
Díganles
que
tienen a
una
mujer
como
rehén.
Se lo
ruego,
porque
lo que
más
quiero
es
hablar,
o
matarán
a la
chica".
Mientras
tanto
Álvaro
de León
Valdéz
"El
Dubi”,
perdió
la
calma,
tomó su
arma y
disparó
una
ráfaga
de AK-47
por la
ventana.
Los
federales
respondieron
al fuego
con
ametralladoras.
Constanzo
enloqueció
al verse
atrapado.
Gritaba
que el
poder
del Palo
Mayombe
lo había
hecho
invulnerable
a las
balas e
inmortal.
Tomó
fajos de
billetes
y los
arrojó
por la
ventana;
la gente
que
estaba
en la
calle
corrió a
recoger
el
dinero,
dificultando
la labor
de los
federales.
Constanzo
amontonó
el
dinero
restante
sobre la
estufa y
le
prendió
fuego.
Entonces
se
volvió
hacia
los
demás y
gritó:
“¡A
morir
todos!”
Álvaro
de León
Valdéz
“El
Dubi”,
el más
violento
del
grupo,
continuó
la lucha
contra
la
policía.
Constanzo
cogió a
uno de
sus
amantes
masculinos,
Martín
Quintana,
y se
metió
con él
en el
guardarropa.
Tras
abrazarle,
le
ordenó a
“El
Dubi”
que les
disparara,
pero
éste no
entendía
la
orden.
Constanzo
se
levantó
y lo
abofeteó,
repitiéndole
la
indicación.
Acto
seguido,
los dos
recibieron
una
lluvia
de balas
de la
AK-47.
Constanzo
y su
amante
terminaron
muertos
en el
clóset.
La
policía
capturó
a Álvaro
de León
Valdez
“El
Dubi”, a
Omar
Orea
Ochoa y
a Sara
Aldrete.
“El
Dubi”
fue
condenado
a
treinta
años de
prisión
por el
asesinato
de
Constanzo
y
Quintana
en
agosto
de 1990.
Sara
Aldrete
fue
absuelta
de esos
cargos;
pero se
la
sentenció
a seis
años de
reclusión
por
“asociación
criminal”
y a
cincuenta
años de
prisión
por el
homicidio
de Mark
Kilroy;
en ese
momento,
Sara
Aldrete
tenía
apenas
veinticuatro
años.
Sara
Aldrete
se
convirtió
en
una
celebridad
oscura.
Alternaba
violentas
protestas
y
afirmaciones
de
su
inocencia
con
detallados
informes
sobre
lo
ocurrido
en
el
rancho
Santa
Elena.
Permaneció
un
tiempo
en
el
apando,
y
fue
torturada
y
vejada
por
los
policías.
Según
sus
propias
declaraciones,
la
violaron
siete
agentes,
le
quemaron
la
vagina
con
descargas
eléctricas
hasta
carbonizarle
una
parte,
la
mantuvieron
encadenada
más
de
dos
meses
a
una
cama,
le
metieron
la
cabeza
en
agua
con
chile,
le
aplicaron
choques
eléctricos
en
diferentes
partes
del
cuerpo,
le
arrancaron
uñas.
En
la
cárcel
escribió
sus
memorias,
un
libro
titulado
“Me
dicen
la
Narcosatánica”,
donde
se
dedica
a
matizar
su
participación
en
la
banda
de
Constanzo
como
un
peón
involuntario,
una
chica
inocente
que
nunca
supo
de
lo
que
se
trataba
el
grupo
y
que
fue
prácticamente
“secuestrada”
por
Constanzo.
Concedió
entrevistas
a
periódicos,
revistas
y
programas
de
televisión
mexicanos
y
extranjeros,
participó
en
concursos
de
pastorelas,
produjo
obras
de
teatro
(entre
ellas
una
adaptación
de
El
gesticulador,
de
Rodolfo
Usigli),
fundó
el
grupo
teatral
“Il
Bagatto”,
se
inscribió
en
un
taller
de
literatura
y
ganó
certámenes
carcelarios.
También
inició
la
biblioteca
de
la
prisión,
consiguiendo
donaciones
de
libros.
El
caso
de
Adolfo
de
Jesús
Constanzo
y
Sara
Aldrete
inspiró
un
video
home
muy
deficiente
titulado
Los
Narcosatánicos,
así
como
la
película
“Perdita
Durango”,
del
director
Alex
de
la
Iglesia.
Sara
Aldrete
recuerda
así
el
ritual
de
iniciación:
“(Adolfo
Constanzo
me
dijo):
‘A
ti
te
debo
proteger.
Te
voy
a
presentar
ante
mi
eggun.
Te
voy
a
hacer
un
rayado
para
protegerte
de
todo
mal,
pues
me
vas
ayudar
a
hacer
unos
trabajitos
que
tengo
pendientes.
Necesito
a
alguien
como
tú.
No
debes
tener
miedo.
Todo
va a
salir
bien.
Ven,
vamos.
Te
voy
a
llevar
al
cuarto
del
muerto’.
He
olvidado
todo
lo
que
vi
en
el
cuarto
de
los
espejos.
Mi
interés
creció
al
escuchar
que
me
presentaría
a su
eggun.
‘Oye,
pero
¿no
estás
reglando?’,
me
preguntó.
‘Es
que
si
estás
en
tus
días
no
debes
entrar
a
verlo.
Por
eso
es
muy
difícil
que
una
mujer
pueda
trabajar
con
la
nganga.
Y en
muchos
lados
se
les
prohíbe
la
entrada
a
las
mujeres
a
cualquier
ceremonia’
(...)
Mi
curiosidad
iba
en
aumento.
El
corazón
me
brincaba
y
las
piernas
se
me
debilitaban.
Sudaba.
Pero
era
muy
sabroso
sentirme
así
(…)
Me
encantó
la
idea
de
verme
frente
al
ser
tan
poderoso
que
le
trabajaba
al
gran
Adolfo
Constanzo.
La
respiración
se
me
aceleraba.
Abrió
el
cuarto
blanco,
muy
blanco,
de
paredes,
piso
y
techo.
Rosas
rojas
en
una
esquina.
Cacerolas
con
hierros,
cadenas
y
mil
y
una
cosas.
Y al
frente,
imponente,
grandiosa
y
macabramente
bella,
la
nganga.
“Se
hincó
y me
hinqué
a su
lado.
Habló
en
dialecto.
Con
gran
respeto
yo
lo
escuchaba.
Veía
las
veladoras
a
los
lados.
Pasó
un
rato.
Seguía
sudando.
Todo
era
tan
extraño.
Un
olor
a
hierbas,
alcohol
y
una
mezcla
extraña;
tal
vez
era
la
sangre
de
los
animales
que
le
habían
dado
en
sacrificio.
Me
empezó
a
tocar
la
cabeza.
Y me
checo
en
una
tabla
con
signos:
era
su
oráculo
supremo.
‘El
eggun
me
dice
que
debes
protegerte.
Yo
debo
protegerte.
Te
voy
a
hacer
un
rayado’.
Fui
a
donde
él
estaba
e
hice
las
mismas
señas
que
él
ante
el
caldero.
‘No
des
la
espalda
al
salir.
Sal
como
yo’.
Estaba
helada,
pero
alegre.
Había
visto
lo
que
nadie
podía
ver
si
no
pertenecía
a su
religión,
y yo
aún
no
me
metía
y ya
había
entrado
al
cuarto
sagrado.
(Al
otro
día)
Adolfo
(Constanzo)
me
esperaba
todo
vestido
de
blanco
y
con
todos
sus
collares
puestos.
Se
veía
increíblemente
guapo
y
enigmático.
‘Sara,
esto
que
te
voy
a
hacer
no
se
lo
debes
decir
a
nadie.
No
debes
contar
lo
que
veas
o
alcances
a
ver,
pues
va
en
contra
de
la
religión.
Es
un
bautizo
para
que
nadie
te
pueda
hacer
daño.
Se
va a
sacrificar
un
animal.
No
quiero
que
te
asustes,
pero
es
algo
que
debo
hacer’.
Vi
que
tenía
dos
costales,
uno
de
gallos
y
otro
con
un
chivito
‘¿Lo
vas
a
matar?’
‘Sí,
debo
darle
comida
a la
nganga.
Te
voy
a
tapar
los
ojos
y
los
oídos
con
una
venda.
No
te
preocupes,
nada
te
va a
pasar’.
“Me
metió
a un
cuarto
y me
rompió
los
pants
que
traía
puestos.
Me
bañó.
Me
ordenó
que
me
vistiera
de
blanco.
Después
de
haber
rezado
y
orado,
habló
en
dialecto.
Entramos
al
cuarto
sagrado,
me
hincó
y me
empezó
a
vendar
los
ojos.
Olía
a
habano.
Me
echaba
humo
encima.
Me
estaba
mareando.
Escuché
voces
que
oraban
en
dialecto,
en
patois.
Todo
era
tan
mágico.
Me
empecé
a
atemorizar,
aun
dentro
de
la
emoción
por
esas
voces
que
escuchaba.
Reconocí
las
voces
de
Adolfo
(Constanzo)
y la
de
Martín
Rodríguez.
“Adolfo
me
daba
indicaciones
de
lo
que
debía
tocar
y
beber.
Era
alcohol.
Me
roció
con
él,
al
tiempo
en
que
yo
debía
escupir
el
que
tenía
en
la
boca.
Mucho
después
sentí
un
ardor
especial
en
mis
manos,
en
mis
piernas,
en
mi
pecho.
Oí
el
quejido
de
un
chivo.
Adolfo
me
sacó
de
allí
un
momento
y
después
me
volvió
a
meter.
Oraba
y
oraba
pidiendo
mi
protección.
Minutos
después
me
quitó
la
venda
de
los
ojos
y me
destapó
los
oídos.
Me
vi
llena
de
sangre
en
el
pecho,
manos
y
piernas.
‘No
te
asustes,
ya
pasó.
Estás
protegida.
Son
pequeñas
rayitas
que
el
eggun
quiere
que
tengas.
Se
te
van
a
borrar.
No
son
como
las
de
mis
ahijados.
Esto
es
diferente’.
“Poco
podía
ver
a mi
alrededor.
Hasta
después
me
di
cuenta
de
que
ahí
estaba
Elio.
Ya
lo
había
rayado;
le
había
hecho
cruces
y
flechas
con
una
navaja
en
la
espalda,
pecho
y
pantorrillas
y
luego
le
dijo:
‘Yo
soy
tu
Padrino.
Martín
y
Omar
son
tus
mayordomos,
Jorge
y
Damián
son
tus
hermanos
y
Sara
es
como
tu
madrina.
Debes
cuidarla’.
Mientras
hablaba
yo
miraba
a un
gallo
muerto
y
algo
que
parecía
un
chivo
pequeñito.
Elio
estaba
sangrando
mucho;
Adolfo
me
pidió
que
le
echara
cenizas
del
puro
para
que
se
la
parara
la
sangre,
pero
yo
me
salí
a
vomitar.
“Alcancé
a
escuchar
que
los
demás
me
dijeron
que
yo
no
servía
para
esas
cosas.
Para
acallar
cualquier
protesta,
Adolfo
les
dijo
que
yo
era
su
esposa.
Y se
fue
tras
de
mí.
Yo
me
sentí
muy
importante.
Ya
estaba
protegida
por
Adolfo
de
Jesús
Constanzo.
Sentía
una
fortaleza
extraordinaria.
Sensacional.
No
se
lo
conté
a
nadie.
Era
un
gran
secreto.
Me
dio
un
amuleto,
un
collar
de
cuentas
de
colores,
rojo
y
blanco,
que
nadie
debía
tocar.
Me
lo
puse
junto
a mi
rosario
que
siempre
tengo.
Nadie.
Pero
antes
del
año
caí
en
la
cárcel
y
todos
lo
tocaron.
Pasó
por
muchas
manos
en
la
Procuraduría.
Y yo
también”.
El
tercer
miembro
de
la
banda
que
participó
en
el
tiroteo
de
Ciudad
de
México,
Omar
Orea
Ochoa
“La
Dama
de
Constanzo”,
murió
el 7
de
febrero
de
1990
de
un
ataque
al
corazón,
tras
padecer
SIDA
durante
años
en
un
hospital
penitenciario.
Su
hermana,
Sara
Patricia
Orea
Ochoa,
se
convirtió
en
Magistrada
en
Materia
Penal
del
Tribunal
de
Justicia
del
Distrito
Federal
en
2008.
Curiosamente,
ella
comenzó
su
carrera
a
mediados
de
los
ochenta
con
Abraham
Polo
Uscanga,
quien
en
1989
trabajaba
como
Subprocurador
de
Averiguaciones
de
la
Procuraduría
General
de
Justicia
del
Distrito
Federal
y
quien
presentó
a la
prensa
a
toda
la
banda
seguidora
de
Constanzo
después
de
su
aprehensión.
Abraham
Polo
Uscanga
fue
asesinado
en
1995
en
extrañas
circunstancias.
Los
artistas,
políticos
e
intelectuales
vinculados
con
Constanzo,
siempre
negaron
tener
cualquier
relación
con
él.
Esto
pese
al
hallazgo
de
una
libreta
donde
constaban
los
nombres
de
todos
ellos,
los
trabajos
que
Constanzo
les
había
realizado
y
las
cantidades
de
dinero
que
había
recibido.
El
rancho
Santa
Elena
pasó
a
ser
propiedad
del
gobierno
mexicano.
Permanece
vacío
y
sin
labrar,
ya
que
nadie
quiere
acercarse
por
allí.
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