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Edward
Theodore
Gein
mejor
conocido
como Ed
Gein,
nació el
27 de
agosto
de 1906.
Fue el
segundo
hijo de
George y
Augusta
Gein, su
padre
era un
alcohólico
y su
madre
procedía
de una
estricta
familia
de
inmigrantes
alemanes,
era una
mujer
austera
y
fanáticamente
religiosa.
Desde el
primer
momento,
la vida
de Ed
estuvo
totalmente
dominada
por su
madre.
Ella
llevaba
sola el
negocio
familiar,
una
frutería
en La
Crosse,
Wisconsin.
Su
marido
se
pasaba
el día
gastándose
el
dinero
en los
bares
del
lugar.
Ella era
partidaria
de
imponer
una
disciplina
muy
dura.
Castigaba
a sus
hijos y
era
incapaz
de
ofrecerles
el
consuelo
o el
amor de
una
madre.
En 1913,
los Gein
comenzaron
una
nueva
vida
como
granjeros.
Después
de pasar
un año
en una
granja
de vacas
a unos
veinticuatro
kilómetros
de La
Crosse,
finalmente
la
familia
se
instaló
en un
pequeño
rancho
aislado
a las
afueras
de la
ciudad
de
Plainfield,
Wisconsin.
Uno de
los
primeros
y más
inquietantes
recuerdos
de Ed
sobre su
infancia
era
cuando
miraba a
través
de la
puerta
del
matadero
de la
tienda
de sus
padres
en La
Crosse.
y cómo
su padre
sostenía
un cerdo
atado
mientras
su
madre,
con gran
habilidad,
le abría
el
vientre
de un
navajazo
y le
sacaba
las
entrañas
con un
largo y
afilado
cuchillo.
Muchas
veces a
lo largo
de su
vida Ed
diría
que esta
matanza
le
producía
náuseas
y que
ver
sangre
le hacía
sentirse
corno si
se fuera
a
desmayar,
esta
aversión
por la
sangre y
las
matanzas,
eran
cosas
habituales
en una
comunidad
rural
donde la
caza y
la
ganadería
eran la
forma de
ganarse
la vida.
Sin
embargo,
era
adicto a
los
cómics
de
terror y
los
libros
sobre
violencia,
sobre
todo lo
relacionado
con los
Campos
de
Concentración
nazis y
las
torturas
que allí
se
desarrollaban.
Era el
único
tema que
le
motivaba
a
hablar.
Aunque a
menudo
la
conversación
llegaba
a su fin
en
cuanto
hacía
uno de
sus
macabros
comentarios.
Su madre
se
oponía a
que
tuviera
amigos
suponía
ante sus
ojos una
amenaza
para la
pureza
moral de
su hijo.
Continuamente
citaba
la
Biblia,
recordándole
que los
hombres
eran
todos
unos
pecadores.
Augusta
empezó a
despreciar
cada vez
más a su
borracho
marido
quien en
diversas
ocasiones
la
golpeaba
ante la
mirada e
impotencia
de sus
dos
hijos.
Augusta
se ponía
de
rodillas
y
rezaba.
Sus
oraciones
fueron
escuchadas.
En 1940
George
murió,
inválido,
a la
edad de
sesenta
y seis
años.
A
mediados
de los
cuarenta
el
negocio
de la
familia
empezó a
ir mal,
por lo
que Ed y
su
hermano
Henry
tuvieron
que
buscar
otro
trabajo
para
llevar
más
dinero a
casa. Ed
admiraba
a su
hermano,
pero su
relación
empezó a
deteriorarse
cuando
Henry le
sugirió
que la
dependencia
respecto
a su
madre
podía
ser
perjudicial.
En la
primavera
de 1944,
Henry
murió en
extrañas
circunstancias.
El y Ed
habían
estado
intentando
apagar
un fuego
cerca de
su
granja
cuando
se
separaron.
Sin
embargo,
Ed supo
conducir
a un
grupo de
hombres
exactamente
al lugar
donde su
hermano
yacía
muerto.
Aunque
tenía un
golpe en
la
cabeza,
se
certificó
muerte
por
asfixia.
Poco
tiempo
después
de la
muerte
de
Henry,
Augusta
Gein
sufrió
un
infarto
al
corazón.
Durante
doce
meses Ed
la cuidó
en
diciembre
de 1945,
murió.
Tras el
sepelio,
Ed
regresó
a su
granja y
decidió
conservar
intacta
la
habitación
de su
madre,
como un
macabro
homenaje
a su
progenitora.
Con
treinta
y nueve
años, Ed
estaba
solo en
un mundo
que
apenas
comprendía.
En cinco
años se
refugió
en otro,
un mundo
en el
que la
frialdad,
la
violencia
y la
represión
que
había
sufrido
en su
infancia
se
retorcían
de forma
atroz en
su
mente.
Recibió
un
subsidio
del
Gobierno
de los
Estados
Unidos a
cambio
de dejar
la
tierra
en
barbecho.
A medida
que la
tierra
se
volvía
improductiva,
Ed
empezó a
hacer
toda
clase de
trabajos
a los
vecinos
de
Plainfield
para
ganarse
así la
vida.
Antes
del caso
Gein
hubo
ciertas
desapariciones
inexplicables
en
Plainfield
y sus
alrededores.
En mayo
de 1947,
Georgia
Weckler,
de ocho
años,
desapareció
en
Jefferson
después
de que
un
vecino
la
llevara
en coche
a su
casa.
Nunca
más se
la
volvió a
ver. En
noviembre
de 1952,
un
granjero
llamado
Victor
“Bunk”
Travis
desapareció
junto
con su
amigo
Ray
Burgess,
de
Milwaukee,
cuando
iban a
la caza
del
ciervo.
No se
les
volvió a
ver.
Un año
después,
Evelyn
Hartley,
de
quince
años,
desapareció
cuando
cuidaba
los
niños de
un
vecino.
La
policía
encontró
señales
de pelea
y
manchas
de
sangre
fuera de
la casa.
Después
de una
intensa
búsqueda
se
encontraron
algunas
ropas
manchadas
de
sangre
cerca de
una
autopista.
Sin
embargo,
nunca
encontraron
el
cuerpo.
En
1954, en
Plainfield,
había un
bar
llamado
“La
Taberna
de Hogan”.
La
propietaria
de este
antro,
Mary Hogan,
una
mujer de
mediana
edad y
divorciada
dos
veces,
resultaba
un
personaje
con un
pasado
dudoso.
Algunos
decían
que
estaba
relacionada
con la
Mafia;
otros,
que
había
sido una
conocida
madame
en
Chicago
y que
con el
dinero
que ganó
de esa
forma
había
comprado
el
negocio.
En la
tarde
del 8 de
diciembre
de 1954,
un
granjero
del
lugar
llamado
Seymour
Lester
entró en
la
taberna.
Aunque
estaba
abierta
e
iluminada,
no había
nadie.
Fue
entonces
cuando
vio una
gran
mancha
de
sangre
en la
puerta
que daba
a la
habitación
trasera.
Salio
corriendo
e pedir
ayuda y
cuando
llego el
sheriff
Harold
S.
Thompson,
acompañado
de sus
ayudantes
comprobó
que el
lugar
estaba
vacío y
encontraron
el coche
de Mary
Hogan
aparcado
detrás
de la
casa, en
su sitio
habitual.
Había un
gran
rastro
sangre
seca que
cubría
las
tablas
de
madera
del
suelo.
Parecía
que algo
había
sido
arrastrado
por ahí.
Junto a
esto
había un
cartucho
calibre
.32
Siguiendo
el
rastro
de
sangre
llegaron
a la
zona del
aparcamiento
de los
clientes,
donde el
sheriff
vio unas
huellas
recientes
de un
camión
que
reconoció
como las
de una
furgoneta
de
reparto.
Era
evidente:
alguien,
seguramente
Mary
Hogan,
había
sido
asesinada
y el
cuerpo
había
sido
arrastrado
hasta un
vehiculo
que
esperaba
fuera.
No había
ninguna
señal de
lucha y
no
parecía
haber
ningún
motivo
para tal
crimen.
La caja
registradora
estaba
llena y
no
faltaba
nada.
Pese a
las
pesquisas
posteriores,
Mary
Hogan
había
desaparecido.
Las
noticias
sobre
este
misterio
se
propagaron
con
rapidez
y a
medida
que
pasaban
las
semanas
sin que
las
autoridades
encontraran
nada
nuevo.
Aproximadamente
un mes
después
de la
desaparición,
una
conversación
tuvo
lugar
entre un
propietario
de un
aserradero
en
Plainfield,
Elmo
Ueeck, y
un
hombre
pequeño
y tímido
llamado
Ed Gein.
Ueeck no
pudo
resistir
la
tentación
de
provocar
a Gein
con el
asunto
de Mary
Hogan. A
Gein le
ponía
enfermo
que se
hicieran
bromas
sobre
las
mujeres,
pero el
propietario
del
aserradero
lo había
visto
varias
veces en
la
taberna
sentado
al fondo
del bar,
con una
jarra de
cerveza
y
limitándose
a
observar
a la
propietaria.
Ueeck
empezó
por
sugerir
que si
Gein le
hubiera
hablado
a Mary
Hogan de
sus
intenciones
con más
claridad,
probablemente
ella
estaría
en su
granja
cocinando
la cena
y
esperando
a que
volviera
en vez
de haber
desaparecido.
Más
tarde
recordó
que Gein,
había
puesto
los ojos
en
blanco y
movido
la nariz
como un
perro
olfateando
su
presa,
mientras
se
balanceaba
y echaba
una de
sus
conocidas
sonrisas.
“No ha
desaparecido”,
dijo
Gein
después
de unos
segundos.
“Ahora
mismo
está en
mi
granja”.
Ueeck se
encogió
de
hombros
ante lo
que
parecía
ser otro
de sus
inusuales
y
bastante
patéticos
golpes
de
humor. Y
a pesar
de que
Gein lo
repitió
varias
veces a
distintos
residentes
de
Plainfield
en las
semanas
que
siguieron,
ni uno
de ellos
le tomó
en
serio.
Era,
después
de todo,
el tipo
de
comentario
que se
esperaba
de él.
Tres
años
después
de la
desaparición
de Mary
Hogan,
el día
en que
comenzaba
la caza
anual
del
ciervo
en
Wisconsin,
Ed Gein
iba de
cacería
por su
cuenta.
Su presa
no era
un
ciervo.
La
víctima
era una
ciudadana
de
Plainfield.
Bernice
Worden
era una
mujer de
negocios
muy
competente,
regordeta
y de
constitución
fuerte,
de unos
cincuenta
años. A
diferencia
de la
propietaria
del bar,
era una
devota
metodista
que
disfrutaba
de una
reputación
intachable
entre
los
ciudadanos
de
Plainfield.
Bernice
se había
encargado,
como
única
propietaria,
de la
ferretería
de
Worden
tras la
muerte
de su
marido
en 1931.
La
mañana
del
sábado
16 de
noviembre
de 1957,
como
todos
los
días,
abrió la
tienda.
Era el
primer
día de
la
temporada
de caza
del
ciervo
en
Wisconsin,
y la
mayoría
de los
hombres
de
Plainfield,
incluyendo
a su
hijo
Frank,
habían
salido
hacia
los
bosques
de los
alrededores.
El resto
de la
ciudad
estaba
vacia y
la
mayoría
de las
tiendas
cerradas,
pero
Bernice
Worden
había
decidido
abrir su
local.
Como
todos
los
ciudadanos
de
Plainfield,
Bernice
le tenía
por un
bobalicón,
pero
últimamente
la había
estado
molestando,
preguntándole
sobre
los más
insignificantes
detalles
y sin
comprar
nada.
Pocas
semanas
antes,
Bernice
se había
quedado
muy
sorprendida
cuando
Gein la
invitó a
ir con
él a
patinar
sobre
hielo.
Ella
simplemente
rechazó
la
invitación.
Sin
embargo
se había
quedado
algo
preocupada;
le contó
el
incidente
a su
hijo y
añadió
que
desde
entonces
había
visto a
Gein
observándola
desde su
furgoneta
al otro
lado de
la calle
Poco
después
de las
ocho y
media de
la
mañana,
Ed Gein
hizo su
aparición
en la
ferretería
llevando
una
jarra de
vidrio
vacía..
Cogió
entonces
un rifle
de caza
que
estaba
expuesto
en una
esquina
y le
contó a
la
señora
Worden
que
estaba
pensando
cambiar
su vieja
arma del
calibre
.22 por
una más
moderna,
que
pudiera
disparar
diversos
tipos de
bala.
Ella le
dijo que
la que
tenía en
sus
manos
era una
buena
compra y
continuó
con su
trabajo.
Cuando
se dio
la
vuelta,
Gein
sacó una
bala de
su
bolsillo
y cargó
el rifle
mientras
simulaba
examinarlo.
Unos
segundos
después
apuntó y
disparó.
Entre
las 8:45
y las
9:30 de
esa
misma
mañana,
Bernard
Muschinski,
el
encargado
de la
gasolinera
situada
un poco
más
abajo en
la acera
de
enfrente
del
almacén,
vio que
el
camión
de
reparto
de la
señora
Worden
salía
del
garaje
de
detrás
del
edificio
dirigiéndose
calle
abajo,
pero no
le dio
importancia.
El
siguiente
en ver a
Gein fue
el dueño
del
aserradero,
Elmo
Ueeck.
Había
cazado
un
ciervo
en las
tierras
de éste
y se
disponía
a salir
apresuradamente
de la
propiedad
con la
pieza
atada a
la parte
delantera
del
coche.
Ueeck se
sobresaltó
al ver
el
automóvil
de Gein
que
ruidosamente
se
dirigía
hacia
él;
estaba
seguro
de que
incluso
Eddie
protestaría
por esta
caza
furtiva
en sus
tierras.
Pero
cuando
se
cruzaron
le
saludó
amistosamente.
Posteriormente,
Ueeck
recordó
que Gein
conducía
más
aprisa
que de
costumbre.
Por la
tarde,
Gein
recibió
una
visita:
sus
vecinos
Bob Hill
y su
hermana
Darlene
Hill
fueron a
preguntarle
si podía
acercarles
al
pueblo
para
comprar
una
nueva
batería
para el
coche.
Gein
salió a
recibirles;
tenía
las
manos
manchadas
de
sangre y
les dijo
que
había
estado
despedazando
un
ciervo.
Esto le
extrañó
a Bob
Hill, ya
que Gein
más de
una vez
comentó
que se
mareaba
al ver
sangre.
Pero
Gein
dijo que
estaría
encantado
de poder
ayudarles
y
después
de
volver a
la casa
para
lavarse,
cogió su
vehiculo
y los
llevó a
la
ciudad.
Cuando
Gein y
sus
vecinos
volvieron
a la
frutería
de los
Hill,
estaba
oscureciendo
y la
madre de
Bob,
Irene,
le
invitó a
cenar.
El
aceptó
de buena
gana sin
sospechar
que
sería la
última
comida
que
tomaría
antes de
ser
arrestado.
Poco
antes,
al
atardecer,
Frank,
el hijo
de
Bernice
Worden,
pasó por
la
gasolinera
de
Plainfield,
cercana
al
negocio
familiar,
después
de un
fallido
día de
caza.
Quedó
muy
sorprendido
cuando
el
encargado
le dijo
que por
la
mañana
temprano,
había
visto
salir el
camión
de
reparto.
Frank
esperaba
encontrar
a su
madre
detrás
del
mostrador
y a
punto de
cerrar.
Los dos
hombres
comprobaron
lo que
Muschinski
había
visto
esa
mañana,
que la
puerta
estaba
cerrada,
pero las
luces
continuaban
encendidas.
Pero
cuando
abrió la
puerta
de la
tienda y
entró,
apenas
pudo
controlarse.
La caja
registradora
había
sido
arrancada
del
mostrador
y
desaparecido,
y al
fondo de
la
tienda
había un
gran
charco
de
sangre.
Frank
llamó al
sheriff
del
condado,
Art
Schley,
en
Wautoma,
a siete
kilómetros
de allí,
y
continuó
buscando
a su
madre.
Cuando
un
cuarto
de hora
más
tarde
llegaron
el
sheriff
y uno de
sus
ayudantes,
ya tenía
una idea
de lo
que
había
pasado.
—Ha sido
él— les
dijo
Worden
confidencialmente.
—¿Quién?
—
preguntaron.
—Ed Gein—
contestó.
Frank
Worden
no
perdió
el
tiempo
mientras
esperaba
a Schley
y su
ayudante.
Ratificó
su
sospecha
el libro
de
contabilidad
que
encontró
junto al
charco
de
sangre,
en el
que
estaba
apuntada
una
venta de
anticongelante
fechada
el 17 de
noviembre.
El
comprador
había
sido Ed
Gein. El
sheriff
Schley
avisó
por
radio
para que
lo
detuvieran
y le
interrogaran.
Gein,
mientras
tanto,
estaba
acabando
de cenar
con los
Hill
cuando
un
vecino
irrumpió
en la
casa con
las
noticias
de la
desaparición
de
Bernice
Worden.
El único
comentario
de Gein
fue:
“Debe
tratarse
de
alguien
con
mucha
sangre
fría”.
Irene
Hill
recordó
más
tarde
que
había
bromeando
con él
diciendo:
“¿Cómo
te las
arreglas
para
estar
siempre
en medio
cuando
alguien
desaparece?”
Gein
simplemente
se
encogió
de
hombros
y se
rió.
Bob le
sugirió
que
debían
ir a la
ciudad
para ver
qué
pasaba.
Gein
aceptó
de buena
gana y
los dos
hombres
salieron
al patio
cubierto
de nieve
para
coger el
coche.
En ese
momento,
el
oficial
de
policía
Dan
Chase y
su
ayudante
Poke
Spees
llegaban
a la
casa de
los Hill
para
detener
a Gein.
Los dos
agentes
habían
ido
pocos
minutos
antes a
la casa
del
presunto
homicida
y la
encontraron
vacía.
Sabían
que Bob
era uno
de los
pocos
amigos
de Gein
y
pensaron
que lo
más
lógico
era
buscarle
en la
tienda
de los
Hill. El
oficial
Chase
cruzó el
patio
sonriente
y golpeó
en la
ventanilla
del
coche de
Gein
cuando
ya se
iban. Le
ordenó
que
bajara
del
automóvil
y lo
escoltó
hasta el
coche
patrulla
para ser
interrogado.
El
policía
le
preguntó
dónde
había
estado
todo el
día y
qué
había
hecho.
Gein se
lo contó
y Chase
le pidió
que lo
repitiera
de
nuevo,
lo que
evidenció
grandes
contradicciones.
—Alguien
me ha
incriminado—
dijo
Gein.
—¿Respecto
a qué? —
preguntó
Chase.
—Bueno,
sobre la
señora
Worden—
contestó.
—¿Qué
pasa con
la
señora
Worden?
—Está
muerta,
¿no? —
respondió
Ed.
—¿Muerta?
—
exclamó
el
policía.
—¿Cómo
sabes
que está
muerta?
—Lo oí—
dijo
Gein.
—Me lo
dijeron
ahí
dentro.
Tan
pronto
como el
sheriff
Schley
oyó por
radio
que el
principal
sospechoso
había
sido
arrestado,
se
dirigió
a la
granja
de Gein
con el
capitán
Lloyd
Schoephoerster,
de la
oficina
del
sheriff
del
condado
vecino
de Green
Lake.
La
puerta
trasera
de la
cocina
cedió
con
facilidad.
Encendiendo
sus
linternas,
los dos
hombres
pasaron
dentro.
Art
Schley
sintió
que algo
le
rozaba
en el
hombro,
y
volviéndose
instintivamente
a ver
qué era
lanzó un
grito de
horror.
Ahí,
delante
de sus
ojos,
colgando
del
techo,
se
hallaba
el
cuerpo
decapitado
de una
mujer,
con un
profundo
agujero
en donde
se
suponía
debía
estar el
estómago.
El
sheriff
pensó
inmediatamente
que el
cuerpo
había
sido
atado y
después
despellejado
como si
se
hubiera
tratado
de un
animal.
Los dos
policías
necesitaron
varios
minutos
para
recuperarse
del
shock
por lo
que
acababan
de
presenciar.
Finalmente,
Schoephoerster
consiguió
acercarse
al coche
y pedir
ayuda
por
radio. A
continuación,
dándose
ánimos
mutuamente,
los dos
hombres
decidieron
entrar
de nuevo
en la
casa. El
cadáver
colgaba
de un
gancho
por el
tobillo,
y con un
alambre
le
habían
sujetado
el otro
pie a
una
polea.
Habían
rajado
el
cuerpo
desde el
pecho
hasta la
base del
abdomen,
y las
vísceras
brillaban
como si
las
hubieran
lavado y
limpiado.
Estaba
decapitado.
Schley
sólo
había
visto
una cosa
igual en
un
matadero.
El
sheriff
no tenía
duda de
que se
trataba
de
Bernice
Worden:
había
sido
asesinada
y su
cadáver
dispuesto
como si
se
tratara
de una
pieza de
carne.
Era
difícil
de creer
que un
ser
humano
pudiera
vivir en
tales
condiciones.
Por
todas
partes
se veían
montañas
de
basura y
desperdicios
entre
sucios
muebles
y
utensilios
de
cocina,
junto
con
harapos.
Cajas de
cartón,
latas
vacías y
herramientas
oxidadas
cubrían
el
suelo;
parecía
la
guarida
de un
animal,
llena de
inmundicia
y
excrementos.
Con la
débil
luz de
sus
linternas,
Schley y
Schoephoerster
descubrieron
una
serie de
revistas
de
detectives
y cómics
de
terror
de la DC
apilados
en cajas
y
tiradas
por el
suelo;
un
fregadero
lleno de
arena;
chicle
pegado
en las
tazas;
una
dentadura
postiza
sobre el
mantel;
y
muchísimos
libros
de
medicina
y
anatomía,
además
de
algunos
recortes
de
prensa
sobre
operaciones
de
cambio
de sexo.
Espantoso
descubrimiento
Poco
después
la
granja
quedó
rodeada
por
coches
de la
policía.
Para
empezar,
rastrearon
la casa
con la
ayuda de
linternas
y
lámparas
de
petróleo
y luego
llevaron
un
generador.
Una vez
que la
casa
quedó
suficientemente
iluminada,
se puso
de
manifiesto
todo el
horror
que allí
se
escondía.
Había
varios
cráneos
esparcidos
por la
cocina,
algunos
intactos,
otros
cortados
por la
mitad y
empleados
como
cuencos.
Dos de
ellos se
utilizaban
para
equilibrar
las
patas de
la
mugrienta
cama en
la que
dormía
Gein.
Una
inspección
más
detenida
reveló
que una
de las
sillas
de la
cocina
estaba
hecha
con
trozos
de piel
humana.
Había
también
pantallas
de
lámpara,
papeleras,
un
tambor,
un
brazalete,
la funda
de un
cuchillo,
todo
adornado
con
restos
humanos.
Pero
faltaban
cosas
peores.
Encontraron
cajas
que
contenían
restos
humanos,
cada uno
de los
cuales,
pertenecientes
a
diferentes
cuerpos
sin
identificar,
estaban
separados
con la
habilidad
y
precisión
de un
cirujano.
También
contenían
una
especie
de
chaleco
hecho
con la
piel de
la parte
superior
del
cuerpo
de una
mujer,
con un
cordón
que caía
por la
espalda,
y varios
pares de
polainas
hechas
también
con piel
humana.
Pero,
para los
policías,
lo peor
fue
descubrir
una
colección
de
máscaras
mortuorias
y de
cabezas
reducidas
al
estilo
jíbaro.
Había
nueve
máscaras,
cada una
con el
rostro y
el cuero
cabelludo
de la
víctima
en
cuestión
y
mantenían
el pelo
intacto.
Cuatro
de estas
máscaras
estaban
colgadas
en la
pared
que
rodeaba
la cama
de Gein,
como
testigos
mudos de
sus
excentricidades
y
fantasías
nocturnas.
Encontraron
las
otras
máscaras
metidas
en
bolsas,
en
viejas
cajas de
cartón y
en sacos
esparcidos
allí y
en la
cocina.
A
algunas
de ellas
se les
había
aplicado
aceite
para
mantener
la piel
suave, e
incluso
una
mostraba
restos
de lápiz
labial.
Otra,
que
aunque
reducida
pudo ser
identificada
por uno
de los
policías
allí
presentes,
era la
de Mary
Hogan,
la
propietaria
del bar
que
había
desaparecido
tres
años
antes.
Encontraron
además
el
corazón
de
Bernice
Worden
dentro
de una
bolsa de
plástico
frente a
la
estufa
de la
cocina,
y sus
entrañas,
todavía
calientes,
envueltas
en un
viejo
traje.
Pero la
policía
siguió
buscando
la
cabeza
del
cadáver
que
colgaba
del
gancho.
Detrás
de la
cocina y
del
cuartucho
en el
que
dormía
Gein se
hallaba
la
planta
baja de
la casa.
La
puerta
estaba
bien
tapada,
pero
lograron
quitar
los
tablones
necesarios
para
poder
entrar
en la
habitación
principal.
A la luz
de las
linternas
vieron
una
habitación
perfectamente
ordenada
y
normal,
en la
que lo
único
que
destacaba
era la
enorme
cantidad
de polvo
que
cubría
los
muebles
y los
adornos
situados
sobre la
chimenea.
Era un
auténtico
mausoleo,
una
tumba
que Gein
había
cerrado
y
abandonado
dejándola
tal y
como
estaba
el día
en que
murió su
madre,
hacía
doce
años. Y
allí
dentro
estaba
el
cadáver
seco de
Augusta
Gein.
De
vuelta a
la
cocina,
el
patólogo
que
estaba
intentando
identificar
los
restos
de los
cadáveres
vio cómo
salía
vapor de
una
vieja
bolsa de
comida
que se
hallaba
entre la
basura.
Al
vaciarla
encontró
lo que
todo el
mundo
había
estado
buscando.
Un
espantoso
trofeo:
la
cabeza
de
Bernice
Worden
estaba
cubierta
de
suciedad.
Tenía
sangre
coagulada
alrededor
de las
fosas
nasales,
pero por
lo demás
estaba
intacta.
La
expresión
de su
cara
reflejaba
tranquilidad,
pero los
dos
policías
se
quedaron
estupefactos
al ver
que de
las dos
orejas
colgaban
dos
ganchos
unidos
entre sí
por una
cuerda.
Era
evidente
que Gein
había
intentado
colgar
en la
pared la
cabeza
de la
mujer,
junto a
los
otros
trofeos
cadavéricos
de su
habitación.
Ante
todos
estos
atroces
descubrimientos,
los
agentes,
expertos
forenses
y
detectives
que se
encontraban
presentes,
quedaron
mudos.
Muchos
de ellos
eran
expertos
policías
con una
larga
carrera
en el
servicio;
policías
que
habían
presenciado
todo
tipo de
crímenes
pero
que, sin
embargo,
no
estaban
preparados
para
afrontar
lo que
tenían
delante:
una casa
llena de
cadáveres
y restos
humanos.
El hedor
era
insoportable.
Para la
policía
encargada
de la
investigación
del
caso, la
granja
de Gein
era una
mezcla
de
pocilga,
matadero
y
catacumba;
algo así
como la
guarida
de
alguien
al que
difícilmente
se podía
calificar
de ser
humano.
Harold
Schechter,
que
escribió
sobre el
caso, la
describió
como "el
decorado
de un
perturbado
mental”.
El
rastreo
de la
granja
terminó
al
anochecer.
Descolgaron
el
cadáver
de
Bernice
Worden y
lo
pusieron
junto
con los
otros
restos
humanos
encontrados
que
depositaron
en
bolsas
de
plástico.
Enviaron
las
bolsas a
la
funeraria
de
Plainfield
a fin de
que se
realizara
el
debido
examen
post
mortem.
Ninguno
de los
allí
presentes
sabía a
cuántas
personas
pertenecían
las
cabezas
y los
restos
humanos
encontrados
en la
Granja
Gein,
pero
estaba
claro
que,
además
de Mary
Hogan y
Bernice
Worden,
había
muchas
más
víctimas.
El
trabajo
de la
policía
no había
acabado,
aún
existía
un
interrogante
pendiente:
¿a
quiénes
pertenecían
los
demás
cadáveres?
Mientras
todas
estas
investigaciones
tenían
lugar en
su
granja,
Ed Gein
esperaba
tranquilamente
en la
Prisión
del
Estado
de
Wautoma
custodiado
por los
dos
policías
que le
habían
arrestado,
Chase y
Spees. A
las 2:30
de la
madrugada
del
sábado
17 de
noviembre,
el
sheriff
Shley
regresó
del
escenario
del
crimen.
Sin la
presencia
de un
abogado,
Gein fue
interrogado
casi
ininterrumpidamente
durante
las doce
horas
siguientes.
Pero
permaneció
en
silencio.
Mientras
tanto,
el
informe
de la
autopsia
realizada
a
Bernice
Worden
confirmaba
que ésta
había
muerto
como
resultado
de un
disparo
de bala
calibre
.22
A la
mañana
siguiente,
lunes 18
de
noviembre,
Gein
rompió
su
silencio.
Declaró
que
había
matado a
la
señora
Worden y
después
de
cargar
el
cadáver
en una
furgoneta,
lo había
llevado
a un
bosque
cercano.
Dejó
allí la
furgoneta,
volvió a
la
ciudad
por su
coche y
luego
regresó
al
bosque,
donde
metió el
cadáver
en el
automóvil
y se
dirigió
a la
granja.
Allí lo
ató y
descuartizó.
Todos
estos
detalles
se
incluyeron
en la
declaración
del
fiscal
del
distrito,
Earl
Kileen,
y ésta a
su vez
fue
remitida
a la
prensa a
la
mañana
siguiente.
El
fiscal
añadió
que
algunos
de los
restos
humanos
encontrados
probablemente
pertenecían
a gente
joven, y
que, por
las
mutilaciones
que
presentaba
el
cuerpo
de la
señora
Worden,
“parecía
que se
hubiera
practicado
canibalismo”.
En
seguida
los
reporteros
acumularon
todo
tipo de
detalles
espeluznantes
sobre el
caso y
los
mandaron
a los
periódicos.
Las
noticias
llegaron
hasta
Chicago.
Mientras
tanto,
el
propio
Kileen
fue a
interrogar
a Gein.
El
fiscal
quiso
saber
más
detalles
sobre lo
acaecido
con el
cadáver.
Gein
comenzó
a
describir
cómo
había
atado el
cadáver,
luego lo
desangró
en una
pila y
después
enterró
la
sangre
en un
agujero
en el
suelo.
Cuando
Kileen
le
preguntó
si
alguna
vez
había
desollado
un
ciervo,
Gein
contestó:
“Supongo
que en
ese
momento
pensaba
en eso”.
Luego se
le pidió
que
hiciera
una
lista
completa
de todos
los
cráneos,
trozos
de piel
y otros
restos
humanos
encontrados
en su
granja.
Sin
embargo,
el
acusado,
respondió:
“Que yo
sepa,
sólo he
matado a
Bernice
Worden”.
Y, ante
el
asombro
de todos
los
detectives,
comentó
que los
otros
cadáveres
los
había
sacado
del
cementerio.
Explicó
que en
los
últimos
años
sentía
de vez
en
cuando
la
necesidad
de
profanar
tumbas.
En
muchos
casos
había
conocido
a las
víctimas
en vida
y se
enteraba
de sus
muertes
leyendo
los
periódicos.
Así que,
la misma
noche
del
entierro,
se
dirigía
al
Cementerio
de
Plainfield,
sacaba
el
cadáver
y
rellenaba
otra vez
la tumba
con lo
que él
llamaba
“su
pastel
de
manzana”.
Gein
confesó
que en
muchas
de estas
expediciones
nocturnas
sentía
pánico
al
acercarse
a una
tumba y
volvía a
casa. No
podía
recordar
cuántos
cadáveres
había
desenterrado.
Cuando
se le
preguntó
si
alguna
vez
mantenía
algún
tipo de
relación
sexual
con los
cadáveres
robados,
algo que
estaba
en la
mente de
todos,
lo negó
con la
cabeza y
gritó:
“¡No,
no!
Huelen
muy
mal”.
También
negó
categóricamente
las
acusaciones
de
canibalismo.
El lunes
por la
tarde,
Ed Gein
compareció
en el
juzgado
bajo la
acusación
de robo
a mano
armada
de la
caja
registradora
de la
tienda
de
Worden.
La
oficina
del
fiscal
del
distrito
quería
posponer
los
cargos
por
asesinato
hasta
que las
pruebas
forenses
finalizaran
y el
prisionero
fuera
sometido
a un
detector
de
mentiras.
Después
lo
condujeron
hasta su
granja,
donde
enseñó a
la
policía
y a un
grupo de
periodistas
que los
acompañaban
el lugar
en donde
estaba
enterrada
la
sangre
de
Bernice
Worden.
Gein
también
fue
interrogado
por
sheriffs
del
condado
vecino
de
Portage
acerca
de Mary
Hogan.
Ellos ya
sabían
que se
había
encontrado
su
cabeza
en la
granja.
Durante
el
interrogatorio
Gein se
mostró
confundido,
otras
veces
guardó
silencio,
pero
finalmente
negó
conocerla,
aunque
admitió
haber
ido a su
bar una
o dos
veces.
Al día
siguiente,
se le
permitió
finalmente
a la
prensa,
que para
entonces
había
hecho de
la
ciudad
su lugar
de
residencia,
entrar
en la
Granja
Gein y
ver así
por sus
propios
ojos la
miseria
en la
que
vivía el
hombre
al que
la
prensa
ya había
bautizado
como “El
Carnicero
de
Plainfield”.
El
miércoles
27 de
noviembre
los
vecinos
de Gein
condujeron
a la
policía
hasta un
vertedero
de su
propiedad,
a pocos
pasos de
la
granja.
Habían
visto a
Gein por
allí
muchas
veces,
pero
siempre
pensaron
que se
dedicaba
a
enterrar
basura.
Al
excavar
allí
descubrieron
un
esqueleto,
con un
diente
de oro,
y cuyo
cráneo
era
demasiado
grande
para ser
el de
una
mujer.
Se
especuló
entonces
con la
posibilidad
de que
el
cadáver
fuera el
de Ray
Burgess,
un
granjero
del
lugar
que,
algunos
años
antes,
en 1952,
había
desaparecido,
junto
con un
amigo
suyo,
cuando
ambos
iban de
caza.
Mientras
tanto,
el
acusado
era
sometido
a
exhaustivos
exámenes
psicológicos
en el
Hospital
Central
del
Estado y
por
segunda
vez al
detector
de
mentiras.
Se
confirmó
que Gein
sólo
había
asesinado
a
Bernice
Worden y
a Mary
Hogan; y
que el
resto de
los
cadáveres
mutilados
que se
encontraron
procedían
del
cementerio.
Gein
admitió
haber
robado
nueve
cadáveres,
todos
ellos de
mujeres
de
mediana
edad.
Una vez
más,
describió
con
calma lo
que
había
hecho
con
estos
cadáveres.
A menudo
se
paseaba
por la
granja
vestido
con las
ropas
hechas
con piel
humana y
bailaba
bajo la
luz de
la luna
llena en
un
extraño
ritual;
dijo que
uno de
sus
principales
deseos
era ser
capaz de
realizarse
una
operación
para
convertirse
en
mujer.
Esto
hizo
enmudecer
a los
que le
interrogaban.
Sin
embargo,
no
comprendía
qué
tenía de
malo
mutilar
cuerpos
sin
vida, y
parecía
estar
muy
orgulloso
de los
conocimientos
anatómicos
adquiridos
con
estas
actividades.
Con
respecto
a la
habitación
de su
madre y
su
cadáver
reseco,
Gein
confesó
que en
una
ocasión
creyó
que
podría
devolver
la vida
a su
madre
mediante
el
cuerpo
de otra
mujer; y
se
sintió
muy
defraudado
cuando
su plan
fracasó.
También
comentó
que en
los años
posteriores
a la
muerte
de su
madre
había
sufrido
alucinaciones;
hablaba
de
"extraños
olores"
que
seguía
percibiendo
incluso
en el
hospital
Central
del
Estado.
Cuando
le
preguntaron
qué tipo
de olor
era
aquél,
contestó:
“Huele a
carne
humana”.
El 18 de
diciembre,
los
médicos
que le
habían
examinado
se
reunieron
para
revisar
el caso,
bajo la
dirección
del Dr.
Edward
F.
Schubert,
director
del
hospital.
Concluyeron
que Gein
estaba
loco y
que por
consiguiente
no
estaba
en
condiciones
de
asistir
a un
juicio.
Decidieron
que
permaneciera
en el
hospital
hasta
Navidad
y se
enviaron
los
informes
de los
psicólogos
a la
oficina
del
fiscal
general.
Gein
compareció
ante el
juez
Bunde la
mañana
del 6 de
enero de
1958 y
sentado
en el
banquillo
de los
acusados
escuchó
impasible,
comiendo
chicle,
el
testimonio
de tres
expertos
psicólogos
entre
los que
se
encontraba
Schubert.
Después
de
escucharlos,
el juez
no dudó
en
aceptar
las
recomendaciones
de los
expertos,
y Ed
Gein fue
internado
en el
manicomio
del
Estado
por
tiempo
indefinido.
En mayo
de 1960,
unos
perros
que
husmeaban
por lo
que
antes
había
sido la
Granja
Gein
descubrieron
un
montón
de
huesos
humanos:
una
pelvis y
huesos
de manos
y
piernas.
Así
pues,
tras
examinar
todos
los
restos
encontrados,
la
cuenta
total de
las
víctimas
de Gein
ascendía
a quince
cadáveres,
incluyendo
los dos
de las
víctimas
asesinadas,
Bernice
Worden y
Mary
Hogan.
En
febrero
de 1974
se elevó
una
petición
en el
juzgado
del
condado
de
Waushara
pidiendo
que,
después
de
dieciséis
años de
internamiento
y dado
que Gein
había
recuperado
por
completo
su salud
mental,
se le
permitiera
salir
del
manicomio.
Después
de
estudiar
la
petición,
el juez
del
distrito
Gollmar
pidió al
hospital
para
enfermos
mentales
del
Estado
que se
le
practicara,
de
nuevo,
una
serie de
pruebas
psicológicas
cuyos
resultados
serian
oídos en
la sala
al día
siguiente.
Antes de
la
audiencia,
Gein
estuvo
charlando
amigablemente
con los
reporteros
allí
reunidos
y les
contó
que
deseaba
ver algo
más de
la vida
y que
planeaba
dar la
vuelta
al
mundo.
Pero los
cuatro
doctores
que
prestaron
testimonio
al juez
coincidieron
en que
este
psicópata
de
avanzada
edad no
debía
ser
puesto
en
libertad.
Uno de
los
doctores
dijo
que,
aunque
Gein
parecía
estar
bastante
recuperado,
en
determinadas
circunstancias
podría
ocurrir
que la
enfermedad
que
había
padecido
durante
tantos
años
volviera
a
presentarse.
Ed Gein
murió
por
insuficiencia
respiratoria
el 26 de
julio de
1984 en
el
Hospital
Geriátrico
para
Enfermos
Mentales
de
Mendota,
en el
que
estaba
internado
desde
1978.
Desde
entonces,
sus
restos
descansan
en un
sepulcro
en el
cementerio
de
Plainfield,
al lado
de la
tumba de
su
madre.
Los
crímenes
de Ed
Gein y
sobre
todo la
extraña
y
enfermiza
relación
que
mantenía
con su
madre,
inspiraron
directamente
la
novela
Psicosis
de
Robert
Bloch,
que más
tarde
sería
adaptada
al cine
por
Alfred
Hitchcock.
La
película
Deranged
de 1974,
protagonizada
por
Roberts
Blossom,
está
basada
en el
personaje.
De igual
forma,
la
decoración
de la
casa de
la
película
Masacre
en
Texas,
así como
el
asesino
Leatherface
(Cara de
Cuero) y
su
máscara
de piel
humana,
están
claramente
inspirados
en Gein.
En la
serie de
televisión
Prision
Break,
aparece
el
personaje
Theodore
T-Bag,
con el
que
mucha
gente lo
identifica.
El más
famoso
homenaje
fílmico
a Gein
es el
personaje
del
asesino
transexual
Buffalo
Bill, en
el libro
y la
película
El
silencio
de los
inocentes,
del
escritor
Thomas
Harris.
También
se han
hecho
dos
películas
biográficas
sobre
Gein: In
the
light of
the Moon,
dirigida
por
Chuck
Parello
y
protagonizada
por
Steve
Railsback;
y Ed
Gein,
dirigida
por
Michael
Feifer y
protagonizada
por Kane
Hodder.
Otros
villanos
inspirados
en él
han sido
Michael
Myers,
de la
serie de
películas
Halloween,
y Jason
Voorhes,
de la
saga
Viernes
13.
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